jueves, 26 de marzo de 2015

Badajoz o la historia de nunca acabar: H. Alonso y Puigdengolas

Artículo por Francisco Espinosa Maestre

Constituye un lugar común que de todo libro es posible sacar alguna enseñanza o provecho, incluso de los malos. Pues bien, con el libro de Héctor Alonso García El coronel Puigdengolas y la batalla de Badajoz (Publicaciones de la Universidad de Valencia, 2014), estamos ante uno de estos casos. Por diversos motivos creo conveniente hacer algunos comentarios sobre él antes de olvidarlo, comentarios que en modo alguno quieren ser una reseña.

La terminología denota la ideología del autor, que, en este caso, por más que se disimule a veces, se percibe claramente. En numerosos ocasiones H. Alonso escribe de lo que ignora. No ya porque dé por muerta durante los sucesos de Casas Viejas a “La Libertaria”, cosa totalmente incierta, sino porque incluso recoge la vieja leyenda de “¡Tiros a la barriga!” de Manuel Azaña, al que también se culpa de haber tratado en el 36 a Puigdengolas como “cabeza de turco”, tal como según cree ya hizo en el 1933 con Rojas. Habrá que ver de dónde ha cogido lo de los “tiros a la barriga”, porque este es otro misterio del libro: de numerosas afirmaciones no se dice la procedencia. Supongo que a veces es porque las toma directamente de Arrarás o de cualquier otra fuente de parte. Por otro lado, un libro en que se alude a la “Benemérita” y a los “nacionales” ya de entrada choca.

Pero la ignorancia de H. Alonso no solo abarca la República sino también el golpe militar y la represión que le acompañó. No le basta con decir que el alcalde de Badajoz, Sinforiano Madroñero, era socialista, sino que fue un “socialista radical”. ¿De dónde lo saca? Sin embargo, el guardia civil Carracedo, un fascista manifiesto, no era un golpista radical. Quizás H. Alonso piensa que por eso Madroñero fue asesinado a los pocos días de la ocupación de la ciudad y el otro sobrevivió hasta hace poco. Una afirmación como la de que desde febrero la oficialidad del regimiento de Infantería de Badajoz “había sido profundamente depurada, consiguiendo dividirla y enemistarla”, parece escrita por Ricardo de la Cierva o simplemente por una persona que lamenta el fracaso del golpe en Badajoz. Y el general Matallana, ¿qué pinta ahí? ¿Su marcha a Madrid con el general Castelló Pantoja descabeza la sublevación en Badajoz? En el enorme sumario que se abrió al regimiento no hay la más mínima alusión a dicho general y sí a quienes realmente estaban intentando preparar la guarnición para el golpe, caso de García Pumariño. Sería interesante conocer la fuente que le permite afirmar tal cosa.

Por su parte el comandante Vega Cornejo, “cuyo carácter cobarde e indeciso le había impedido apoyar la sublevación”, recibe el mismo trato que la historiografía franquista y neofranquista le han dado siempre. Si hubiera colaborado con el golpe no dirían eso de él. Y es que H. Alonso se cree todo lo que pone en ciertos documentos, sobre todo si estos son de los golpistas vencedores. Es de temer la lectura que hace de ese cúmulo de calumnias llamado Causa General. ¿Y qué decir de los informes de la Policía Municipal tras el golpe? Y sobre las víctimas habidas en Badajoz uno de los que cita es Moa, un conocido experto en la materia como todos sabemos. Se permite decir que fue en algunos pueblos donde se produjeron los primeros actos represivos, olvidando que la violencia y el terror fueron consustanciales al golpe del 18 de julio. De hecho salva a la Guardia Civil, avanzadilla del golpe en buena parte del país. Para ello uno de los ejemplos que cita es Azuaga. No resulta a estas alturas muy complicado saber que fue el guardia civil fascista Miranda Vega el que en fecha tan temprana como el domingo 19 de julio, con motivo de una manifestación pacífica, ordenó disparar sobre la gente causando la muerte de 17 vecinos (cayó también un guardia civil). La primera víctima de derechas se produjo el 31 de dicho mes.

Para H. Alonso los milicianos que para la defensa de la ciudad se instalaron en la torre de la catedral “estuvieron importunando” y causaron algunas bajas a los legionarios. Ahora resulta que los defensores de la ciudad, en este caso civiles, “importunaban” a los atacantes, las fuerzas de choque de los sublevados. Y por si fuera poco, se nos dice que los oficiales de dichas fuerzas frenaban la insaciable violencia de la tropa legionaria. ¡Gran novedad esta! Va a ser como la de que Franco acabó con la represión en cuanto supo de ella… El colmo ya es que justifique la represión efectuada por las columnas en su ignorancia de lo ocurrido en los diferentes lugares, “sobrepasando sin duda las instrucciones que habían recibido”. Esto lo podría haber escrito hace décadas Martínez Bande.

¿Y qué hemos de pensar cuando se califica a un individuo como el guardia civil Gómez Cantos de “personaje polémico y de un gran carácter [que] demostró su gran valor y decisión al sublevarse y hacer frente a los milicianos, a los que causó bastantes bajas”?  Añade además que el temible Gómez Cantos “sufrió persecuciones…”. Olvida que nadie quería tener un sujeto semejante, un sádico violento, en su pueblo, porque allá donde iba creaba problemas de todo tipo. Evidentemente era el hombre ideal para un golpe brutal y sangriento como el de julio del 36 (para desgracia de Villanueva de la Serena). Era de los elementos que hacía ya mucho tiempo que debían haber estado fuera de la Guardia Civil. No obstante, no es el único. De otro ex militar fascista y propietario, Luis Alarcón de la Lastra, se nos habla de su “brillante participación en la guerra”. Un individuo que desde Sevilla fue bombardeando los pueblos de la ruta hacia Madrid y a H. Alonso solo se le ocurre comentar la brillantez de su participación. Hacía tiempo que no veíamos tanto despropósito junto. Creíamos ingenuamente superadas ciertas cuestiones.

Las citas merecerían un capítulo aparte: no ya solo por las menciones de Arrarás. También vemos, y no pocas veces, entre otros, al Tebib Arrumi (seudónimo de Ruiz Albéniz), Martínez Bande, Sánchez del Arco, Luis Suárez, H. Thomas, Ortiz de Villajos, Moa, Leopoldo Nunes (un periodista portugués mentiroso compulsivo), Calleja (el “biógrafo” de Yagüe), Martín Rubio… Por citar cita, tomándolo de otro libro, incluso al fascista Agustín Carande, un alto cargo de la Falange pacense, diciendo que la represión no fue tanta. Además, respecto a la documentación, no existe una manera coherente de citar: unas veces se hace de un modo y otras de forma diferente. Otras citas (Vila, Reig Tapia, Chaves o yo mismo) merecerían otro análisis.

H. Alonso muestra gran habilidad en tergiversar lo que hemos escrito los demás. Sería tedioso y absurdo enumerar una por una estas tergiversaciones. Comentaré  solamente una para que se vea el estilo. Dice que el comunicado de Yagüe a Franco en el que se leía: “No tengo nada ocupado de la muralla. Al sur…” fue enviado a las 11.45 y no, como yo digo, a las 10.45 del día 14 de agosto. Esto le permite decir en nota a pie de página “Espinosa confundió la hora…”. Pues no, no la confundí. En el documento original se lee claramente que fue enviado a las 10 h. 45 minutos del 14-8-36. Mi duda es: ¿realmente ha visto el documento? Lo cita mal: “AHMA, DN, Leg. 344”. La verdadera cita es “AHMA, DN, Leg. 344, carpeta 5, documento 63”. Es solo un ejemplo.

¿De dónde saca los datos? En Villafranca no fueron detenidas 80 personas, sino más de cien. Tampoco el convento de las monjas se convirtió en hospital de sangre. Según parece, no ha investigado este pueblo pero sabe mucho de él. Por cierto se le ha olvidado que, antes de marcharse, el capitán Meléndez llevó a cabo una pantomima de consejo de guerra por la que fueron asesinadas 56 personas, número equivalente a los encerrados en la sacristía. En Villafranca no fue asesinado ningún derechista. ¿No le parece esto algo digno de reseñar a H. Alonso? Sobre Villafranca le aconsejo mi libro Masacre (Aconcagua, Sevilla, 2011). Así podríamos seguir con otros pueblos de los que el autor, sin saber nada, se permite, opinar: Mérida, La Nava, Lobón (donde diga lo que diga no fue asesinado nadie de derechas)...

Las notas de Puigdengolas plantean numerosas dudas. Todo va orientado a justificar su huida. Podemos entender que huyera, pero no por eso hay que tomar al pie de la letra todo lo que escribió. Estamos ante la versión de Puigdengolas. Cayó el Comité de Defensa de la ciudad (Almarza, De Miguel, Trejo, Terrón de la Cámara, Sempere, Madroñero, Fatuarte y Flecha) y los máximos responsables militares (Cantero, Vega y Pastor). H. Alonso olvida esto, lanza basura sobre algunos, y más bien parece “el defensor del coronel”. Otras veces el autor raya en la ingenuidad, como eso de creer que los “fusilamientos” lo realizaba “personal civil militarizado”. Para él, que en el caso del alcalde Madroñero la tarea la llevasen a cabo militares, constituye una excepción. H. Alonso debe saber que en la represión, en los asesinatos, intervinieron militares, guardias civiles, legionarios y regulares, soldados, policía municipal y personal paramilitar, es decir, todos. Hasta curas.

Finalmente, en dos ocasiones, H. Alonso alude a que yo dispuse de una copia de los “manuscritos” de Puigdengolas, que me llegaron por un amigo de la familia. Se extraña de que no hiciese gestión alguna para contactar con la familia. Esto es lo que se llama “descubrir el Mediterráneo”. Llama la atención que el autor ignore que en 2012 y en la misma editorial valenciana, dentro de mi libro  Guerra y represión en el sur de España  (Publicaciones de la Universidad de Valencia, 2012, pp. 177-193), se publicó un artículo titulado “Badajoz, 1936. Crónica del general Puigdengolas. Comentarios”.  Yo tuve acceso a las notas de Puigdengolas tres meses después de la publicación de La columna de la muerte (Crítica, Barcelona, 2003) por medio de Rafael Suay Artal, compañero de trabajo de un nieto del coronel, que me entregó una copia con permiso de la familia. El nieto y Suay también me hicieron llegar copia del nombramiento del coronel por el ministro de guerra como comandante militar de todas las fuerzas leales de la República en la provincia de Badajoz. Para cuando me llegó dicho documento ya habían salido tres ediciones de La columna de la muerte. En las siguientes ediciones también resultó muy difícil integrarlo, de forma que lo reserve para otra ocasión. Como el objetivo de mi trabajo no era Puigdengolas no tuve nunca ningún interés en hablar con la familia, que bastante había hecho proporcionándome las notas que el militar dejó sobre el desastre de Badajoz. Todo esto fue contado con detalle en el libro antes aludido de la PUV, cosa que el autor, pese a estar hablando de la misma editorial, parece ignorar. Por otra parte, como bien sabrá H. Alonso García, los escritos de Puigdengolas, no son inéditos desde que en 2006 alguien los hizo públicos en Internet. Quizás todo eso explique que en esta ocasión, sorprendentemente, las notas de Puigdendolas no se incluyan en documento aparte. Si ya pasaron por Internet hace unos diez años y yo las publiqué en 2012, ¿para qué repetirlas ahora?


Vuelvo al principio y matizo más. Cualquier libro puede aportarnos algo por uno u otro motivo, pero en este caso no solo no avanzamos sino que volvemos atrás, a cuestiones que creíamos ya superadas. Desde luego hay cosas mucho más interesantes que leer.

ENIGMAS EN EL ASESINATO DE GARCÍA LORCA. (2)

Artículo por Antonio Alfonso Hernández

La casa de la familia Rosales es un edificio de tres plantas  con un inmenso patio de estilo andaluz rodeado de muchas habitaciones.  En la última planta, se decide  alojar a Lorca. En ella vive “la tía Luisa”, Luisa Camacho, hermana de la madre de los Rosales, Esperanza.

Es importante que tengamos en cuenta bajo qué circunstancias aceptan alojarlo allí.  Luis Rosales le comentó al investigador Agustín Penón, a mitad de los años cincuenta, que en ningún momento la familia de Lorca pensó que la vida de éste corriera peligro.  Tampoco Rosales vislumbró esa posibilidad. Se trataba de darle cobijo para evitarle las molestias de los registros. Por esa razón se acordó acogerlo en la inmensa casa.  No obstante, como ya expliqué en el capítulo anterior, Luis se ofreció para pasarlo a zona republicana,  pero Federico no estuvo de acuerdo.

Se siente a gusto desde el principio, rodeado de las atenciones de las mujeres de la casa; Esperanza Camacho, su hija, Esperanza, al que el poeta llama, “mi divina carcelera”, tía Luisa y Basilisa, la criada. Los varones, por sus muchas ocupaciones lo ven menos, excepto Luis, quien habla con él con cierta frecuencia y Gerardo, el pequeño.

El día 15, se produce un nuevo registro en la Huerta de San Vicente. Esta vez vienen a detenerlo. Encabeza el grupo  Francisco Estévez. Lo revuelven todo buscando tal vez algo que pueda  comprometer al poeta. Parece ser que amenazan con llevarse al padre si no  les dicen dónde se encuentra.

Durante mucho tiempo ha existido la creencia de que, probablemente fuera su hermana Concha, quien  ante la posibilidad de que prendieran al padre habría confesado aterrorizada el lugar donde estaba su hermano.  Sin embargo, en los últimos años han aparecido otros trabajos donde se apunta a otras posibilidades, que veremos después,  creando ciertas dudas de si realmente fue ella la que habría cedido ante las amenazas que sufrieron.
Luis Rosales, en el escrito exculpatorio que envió a las distintas autoridades, se habla que mandó siete, donde tenía que defenderse de la acusación de haber protegido al poeta, comentó que en el último registro efectuado en La Huerta de San Vicente, el del día 15 de agosto, siguiendo su mandato, la familia notificó que estaba en su casa.

También que Federico estuvo  en calidad de invitado, no oculto, como lo demuestra el hecho de que lo hubieran visto muchas personas, nombrando a algunas de las mismas. Igualmente, trató de aclarar que en el tiempo en que estuvo alojado no  fue requerido  en ningún momento por parte de las autoridades, y que ahora, al existir ese requerimiento,  se cumplían las órdenes dadas por él a la familia en el sentido de que fuera puesto a disposición de la justicia en el primer requerimiento que se produjera. Además, puntualiza que en los días transcurridos mientras permanece en la vivienda no ha habido ninguna actuación contra él y que tan pronto como ésta se ha producido, ha obrado dándole cumplimiento de inmediato.

Como podemos ver, es justo lo contrario de lo que le dijo a la familia García Lorca. Que bajo ningún concepto dijeran dónde estaba. Hay que entender que Luís Rosales trataba de salvar el pellejo. Sabía perfectamente cómo se las gastaban.  Es humanamente comprensible que en aquellas circunstancias, decidiera cambiar la historia para intentar salvarse.  No podemos tener ninguna clase de dudas, a nivel humano, del comportamiento ejemplar de aquella familia, que asumieron en aquellos momentos  un riesgo importante al proteger a Lorca. En general, podríamos calificarlo de intachable aunque algunos de sus miembros pudieran no estar de acuerdo con la decisión tomada.
Aunque en esta ocasión no nombró  a nadie concreto en relación con la presunta delación, en cambio, casi veinte años después, Luis, le contaría a  Penón, investigador norteamericano de origen hispano que investigó durante 1955-56 el caso de Lorca, que probablemente fuera su hermana Concha la que les dijo que Federico estaba pasando unos días en la casa de los Rosales, remarcando que estaba invitado por esta familia.

No obstante, la aparición de trabajos relativamente recientes nos ofrecen otras posibilidades.
Es el caso de El silencio de los Rosales. Última huella de Federico García Lorca, 2002. El autor, Gerardo Rosales, hijo del  más pequeño de los varones, Gerardo, narró de manera novelada los detalles que le ofrecieron sobre las últimas semanas de Lorca, tanto su padre como su tío Luis. Según la información aparecida en el libro,  fue Antonio, su tío y también falangista, el que fue “interrogado” por  Rojas, (supongo que se refiere al militar que encabezó uno de los registros a La Huerta) , viéndose obligado a desvelarle el paradero del poeta.  Antonio, le comentó a su padre que Rojas  ya lo sabía y sólo buscaba que él se lo confirmara.

En el libro, Lorca, el último paseo, de Gabriel Pozo, 2009, se da a conocer el contenido de una carta manuscrita que le envió la actriz Enma Penella, hija de Ruiz Alonso, al autor del libro,  donde explica la confesión que le hizo su padre sobre estos hechos antes de morir. La actriz puso la condición de que no se publicara hasta que ella falleciera. Cosa que ocurrió en agosto de 2007.
Alonso le habría dicho a su hija  que fue el mayor de los Rosales (Miguel), el que le dijo en un desfile falangista, que Lorca estaba en su casa y que no estaba de acuerdo con  que estuviera invitado y quería que se fuera. El padre de la actriz informó a sus jefes de la CEDA y prepararon la denuncia contra Lorca.

También dijo en el escrito, que Queipo estaba al corriente del asunto de Lorca. Llamó al Gobierno Civil, ya lo habían llamado antes a él desde allí para consultarle, y ordenó que le dieran un gran susto a Lorca para que confesara lo que sabía sobre Fernando de los Ríos y, además, firmara una denuncia contra él. Según esta versión, De los Ríos sería realmente el objetivo que buscaban.
Ruiz Alonso le habría contado a su hija, además,  que el hijo mayor de los Rosales le entregó a Lorca sin esposar y así fue llevado.
Estos datos vendrían  a refrendar la sospecha que siempre existió, de que Ruiz Alonso estaba detrás de la denuncia.

 Seguimos con el relato de los hechos. La madrugada del  16 de agosto, domingo, es asesinado Manuel Fernández Montesinos, cuñado de Lorca. Es de suponer que éste  se entera de la notica  a través de su familia, y a partir de ese momento  es previsible que comenzara a temer seriamente por su vida. Se da la circunstancia, según lo que  declaró  Esperanza Rosales a Agustín Penón  en 1956, que precisamente ese día habían hablado de la posibilidad de trasladarlo a otro lugar más seguro.
A primera hora de la tarde,  15.30 a 4 de la tarde, aproximadamente, de aquel fatídico día, 16 de agosto, un coche, marca Oukland, para en las inmediaciones del domicilio de los Rosales. En el citado vehículo viajan, Ruiz Alonso, Juan Luis Trescastro Medina, abogado, también de la CEDA y emparentado familiarmente con el padre de Lorca y al menos una persona más. Existe cierta controversia  aún sobre el nombre de esta tercera persona, por lo que omitiré los nombres que se barajan. En cualquier caso la participación de este individuo y la de Trescastro se limitó a la de meros acompañantes. Es decir, no intervinieron en la detención y posterior entrega del poeta, algo que recayó únicamente en Ruiz Alonso, como el mismo reconoció en diferentes ocasiones.
Esté  se apea del coche y se dirige solo a la casa de la familia Rosales para proceder a la detención del poeta granadino. Es fácil imaginarse los momentos de tensión  que debió vivir éste, cuando avisado por Esperanza Rosales, “mi divina carcelera”, se entera del motivo de aquella inesperada visita. Según parece, al tratarse de una persona con escasa presencia de ánimo, muy posiblemente afrontara con evidentes signos de nerviosismo y angustia aquellos dramáticos minutos.
Parece confirmado que el despliegue que organizan  en los accesos a Angulo, 1, es enorme, con innumerables policías y guardias civiles apostados en la calle y hombres armados en los tejados,  lo cual demuestra claramente que la detención de Federico García Lorca debió  ser un asunto de especial trascendencia para sus perseguidores.
Los miembros varones de la familia se encuentran todos fuera del hogar. Luis Rosales, en la zona de Motril, de la que es jefe de sector. Su hermano, José, “Pepiniqui”, se ha desplazado para intentar salvar la vida de una persona llevando consigo el preceptivo indulto.  Miguel, jefe de una escuadra falangista, está en el Cuartel de Falange, y parece ser que el pequeño, Gerardo, se encuentra en esos momentos en el cine. Por tanto, las mujeres de la casa deben afrontar solas aquella dificilísima situación.

La madre,  intenta comunicar con su marido o alguno de sus hijos, logrando  finalmente contactar por teléfono con Miguel, el mayor.  Se llega al acuerdo de que Ruiz Alonso se persone en el Cuartel, cosa que hace, para explicarle a Miguel los detalles de la detención. Éste, queda conforme, qué remedio, y juntos se dirigen a  casa de los Rosales.
Sin embargo, el ex diputado  que concedió escasas entrevistas para relatar su experiencia en aquellos días, siempre mantuvo  que primero se dirigió al Cuartel de Falange para informar a Miguel Rosales sobre la orden de detención que le habían dado. Es decir, según él,  no estuvo previamente en el domicilio de la familia. La razón que esgrimió fue que yendo en dirección a Angulo, 1,  se encontró en la puerta de la Comisaria de Policía con Julio Romero Funes, policía y persona próxima al Gobernador Civil, José Valdés. Al enterarse de hacia dónde se dirigía, le informó que allí vivía la familia Rosales, extremo que al parecer desconocía Alonso. Por esa razón consideró mejor informar antes a Miguel.

Cabe preguntarse cómo es posible que una persona como él, bien relacionada, que llevaba varios años en Granada, pudiera desconocer el domicilio de una familia tan popular en la ciudad. ¿Cómo es posible que ninguno de sus acompañantes, ni el gobernador civil, que según él, le dio la orden, le advirtieran de la situación?

Siempre nos quedará la duda. En la entrevista que le hizo Molina Fajardo se quejó de que los Rosales sabían que se puso en contacto con Miguel antes de proceder a la detención.
Al periodista granadino también le contó, que fue Queipo de Llano el que llamó a Valdés para notificarle el lugar en que se encontraba García Lorca, pero al parecer, desconociendo que fuera la casa de los falangistas Rosales. Que  Valdés fue el que le dio la orden para conducirlo al Gobierno Civil.  Desmintió que hubiera gran movilización de fuerzas cuando detuvieron a Lorca  y aclaró que aunque éste fue conducido al Gobierno Civil en el vehículo de Trescastro, éste no les acompañó.
En el trayecto hacia la casa, Miguel le preguntó a Ruiz Alonso por los motivos de la detención. Le respondió entre otras cosas, que el poeta hacía más daño con sus escritos que algunos con las pistolas.
Al llegar, según lo que Rosales le comentó a Penón, se encuentran a  Federico tomando café en el patio , en compañía de algunos miembros de su familia, no recuerda quienes, protegidos  bajo un inmenso toldo que cubría toda la estancia y que la familia instalaba todos los veranos. Nada más llegar, el poeta se da cuenta de la situación al ver el semblante de Miguel. Le dijo que se tenía que venir con él al Gobierno Civil y trató de tranquilizarlo. Ruiz Alonso le indicó que serían sólo unas preguntas. Subió a cambiarse, estaba medio en pijama,  bajó las escaleras y salió a la calle junto a Ruiz Alonso y Miguel Rosales. Ya fuera, se agarró al brazo de éste mientras se dirigen al coche que les conduciría al Gobierno Civil no parándole de repetir que localizara a su hermano Pepe.
Pepe, “Pepiniqui”, era sin duda, el único de los hermanos que podía a través de su influencia resolver el problema. Esa tarde, como decía antes, intentó salvar la vida de un hombre a través de un indulto que ha conseguido, pero llegar tarde cuando ya la ejecución se ha consumado. Esto es lo que le contó Miguel Rosales a Agustín Penón.

Cuando llegan al Gobierno Civil, algo después de las 6 de la tarde, Rosales tiene la preocupación lógica de que puedan torturar a Lorca. Habla con unos amigos del Gobierno y estos le dan su palabra de que tal hecho no se producirá.  Esa tarde, ejerce de Gobernador Civil, supongo que con todos los poderes, el teniente coronel de la Guardia Civil, retirado, Nicolás Velasco Simarro, debido a que Valdés lleva toda la tarde supervisando unas posiciones en La Alpujarra no llegando hasta a eso de las diez de la noche al Gobierno Civil. Rosales logra hablar con Velasco, el cual le asegura  igualmente que no le harán nada.

Miguel y Federico se dan un fuerte abrazo de despedida, será la última vez que se vean, y según declaró a Penón,  intenta localizar lo más rápidamente posible a  su hermano José. Es consciente que el tiempo corre en su contra y no puede perder ni un segundo.

Es conveniente que haga un alto en el camino para hacer la siguiente puntualización. El relato  de las actuaciones de Miguel Rosales aquella tarde, las hago basándome principalmente en lo que éste le  contó a Penón. Obviamente, si  se tuviera en cuenta el escrito de Enma Penella sobre la confesión que le hizo su padre antes de morir, donde éste implica en la delación del poeta a Miguel, el relato naturalmente sufriría importantes cambios.  No obstante, hay que decir, que esta presunta implicación de uno de los Rosales en los hechos, no está ni mucho menos demostrada ya que no podemos tener la certeza absoluta de que Ruiz Alonso dijera  la verdad a su hija, o que debido a los muchos años transcurridos, no pudiera equivocar algunos datos. Podemos tener la certeza, además, de que este hombre nunca contó toda la verdad en las distintas entrevistas que concedió, e incurrió en diferentes contradicciones. El contenido del escrito que mandó la actriz a Pozo,  se publicó en su momento y me limito simplemente a exponerlo aquí. Después, que cada cual saque sus conclusiones.

Sigamos pues. Miguel Rosales abandona el Gobierno Civil e intenta de manera infructuosa localizar a algunos de sus hermanos, especialmente a “Pepiniqui” Algunas horas después, ya de noche, José, Miguel y  Luis Rosales, acompañados de un falangista amigo de la familia, Cecilio Cirre, van al Gobierno Civil para procurar la liberación de Lorca. Velasco Simarro les dice que Valdés aún no ha llegado, lo cual probablemente sea cierto, y tiene lugar un encontronazo entre Luis Rosales y Ruiz Alonso en una sala bastante grande. Rosales le preguntó gritando por qué se ha presentado en casa de un superior suyo y ha detenido a un amigo, a lo que Alonso le responde:
"Bajo mi única responsabilidad".
Según explicó Rosales, fueron tres las veces que se lo preguntó, tantas como se produjo la misma respuesta. Después, Cirre lo zarandeó y le ordenó que se retirara
Ruiz Alonso, negó a Ian  Gibson haber participado en aquella escena, mientras que Cirre confirmó que la escena ocurrió tal y como se ha descrito.

No consta que ninguno de los Rosales viera en aquella ocasión a Federico García Lorca.
Más tarde, aquella misma noche, suponemos que después de las diez, José Rosales vuelve al Gobierno Civil donde intenta nuevamente conseguir que suelten al poeta.  Con cierta furia llega hasta el despacho de Valdés que se encuentra en compañía de algunos de sus colaboradores. Tienen una discusión muy subida de tono, donde José Valdés le explica que existen  unas acusaciones contra  García Lorca. Le  enseña la denuncia, y después de que José la haya leído le dice:
         "Si no fuera por esta denuncia, yo dejaría que te lo llevaras, pero no puede ser porque mira todo lo que dice".
Antes de irse, Pepiniqui ve a Lorca unos momentos  y le da su palabra que irá pronto a sacarlo de allí.

OBRAS CONSULTADAS

VIDA, PASIÓN Y MUERTE DE FEDERICO GARCÍA LORCA. Ian Gibson. 1998. Plaza & Janés. Editores, S.A. 2003, para esta edición. Ediciones Folio, S.A. Edita ABC, S.L.
LOS ÚLTIMOS DÍAS DE GARCÍA LORCA. El libro-documental fundamental sobre el caso Lorca. Eduardo Molina Fajardo, 2011. Editorial Almuzara, S.L.
EL SILENCIO DE LOS ROSALES. Última huella de Federico García Lorca. Gerardo Rosales. Editorial Planeta, 2002.
LAS TRECE ÚLTIMAS HORAS EN LA VIDA DE GARCÍA LORCA. Miguel Caballero Pérez. La esfera de los libros, S.L, 2011.
LORCA, EL ÚLTIMO PASEO. Gabriel Pozo, 2009. Información aparecida en El País, 10-12-2009, con información sobre el libro citado.









lunes, 23 de marzo de 2015

ENIGMAS EN EL ASESINATO DE GARCÍA LORCA.(1)

Por motivos técnicos he permanecido varios días sin un pc. en condiciones para poder publicar en el blog. Una vez subsanadas todas las dificultades volvemos a la carga.
Como no hay mal que por bien no venga, en esto días Antonio Alfonso nos ha preparado un pequeño trabajo, en tres entregas, sobre la muerte y asesinato del gran poeta Federico García Lorca.
A pesar de los años transcurridos, casi ochenta, aún están por resolverse algunos puntos esenciales del asesinato de nuestro poeta  más importante del siglo XX.  No sabemos a  día de hoy a ciencia cierta, quién o quiénes firmaron la denuncia contra él, aún siendo éste el aspecto que más claro parece, quién o quiénes revelaron el lugar donde se encontraba cuando fue detenido, cuántos días estuvo en el Gobierno  Civil, quién o quiénes fueron los que dieron la orden de su asesinato,  por qué  lo mataron  y por último, dónde se encuentran los restos del poeta.

No pretende este modesto análisis de los últimos días de Lorca  esclarecer los hechos, cosa harto difícil,   pero s, al menos, poner el mayor número de datos  sobre la mesa y que cada cual saque las debidas conclusiones.  A fin de cuentas,  después de todo lo leído sobre este trágico suceso, he llegado a la conclusión de que estamos ante algo parecido a un enorme libro al que le faltan  muchas páginas o un gigantesco rompecabezas con multitud de piezas que no encajan en el tablero.


La inexistencia de muchos documentos oficiales, los destruyeron las autoridades franquistas o desaparecieron,  o ambas cosas a la vez,  unido al hecho de que los distintos testimonios de las personas que vivieron aquel dramático acontecimiento incurran a menudo en contradicciones, agravan, sin duda, el esclarecimiento de lo ocurrido.

El gran poeta y dramaturgo granadino llega a Granada el 14 de julio de 1936 procedente de Madrid. Allí, sus amigos de la residencia de estudiantes, entre ellos Luis Buñuel, le aconsejan  que no se desplace a la capital andaluza pues estiman que se va a encontrar más seguro en la capital de España. Lorca, que está viviendo con tremenda amargura los acontecimientos violentos que se vienen sucediendo en Madrid y debido, probablemente, a  su carácter asustadizo, llega a la conclusión de que estará más seguro en Granada, arropado por su familia y amigos, pero el ambiente de preguerra que se respira en su tierra lo hace un lugar sumamente peligroso, acaso no mucho más que otras poblaciones españolas.

Hay que tener en cuenta, que en tierras granadinas no son pocos los que sienten animadversión hacia él. No le perdonan su homosexualidad, ni el éxito grandioso obtenido con sus obras, ni su modernidad en el vestir,  ni su innegable popularidad, ni el contenido de algunos  de sus textos , como,  Romance a la Guardia Civil española, incluido en El  Romancero gitano, que irritó a un sector de la derecha  y de la burguesía granadina, a la que él mismo calificó en una entrevista reciente, como la peor burguesía de España.  

Obviamente, esto no quiere decir que las personas en las que despertaba este odio debido a los motivos mencionados tuvieran algo que ver en su asesinato. Las razones del execrable crimen bien parece que fueron otros. Simplemente, describo la opinión que suscitaba desde algunos sectores minoritarios de la sociedad granadina cuando regresa a la ciudad el 14 de julio. Hay que decir, que salvo estas minorías, la mayoría de los ciudadanos sentían cariño, respeto y admiración por el poeta.

Otro hecho que bien pudo agravar el odio que desde ciertos sectores generaba el poeta de Fuente Vaqueros, fue la obra teatral, La casa de Bernarda Alba.  Aunque la había acabado a comienzos de junio de ese año, aún no se había publicado ni representado, esto último ocurriría en 1945 con la magistral interpretación de Margarita Xirgú en el papel principal,  la realidad es que el autor la había dado a conocer dándole lectura en diversos lugares,  principalmente en Madrid, por lo que no está descartado del todo, que  las familias retratadas en el texto lorquiano, Los Roldán  y los Alba, no estuvieran  al corriente de su existencia.  Vecinos de Asquerosa, estas familias  estaban  emparentadas entre sí.  De igual forma, la familia del padre de Lorca que también tenía parentescos familiares con los Roldán, mantuvo viejas rencillas, a partir principalmente de la instalación de una azucarera en la vega granadina a principios del siglo pasado, de la que debido a diversas circunstancias, salió beneficiado el padre de Lorca y perjudicada la otra familia.

La obra, denuncia la tiranía, representada en Bernalda Alba, Francisca Alba  en  la realidad, y ensalza la libertad que representa una de las hijas de Bernalda. Francisca, no era la madre tirana que aparece en el texto lorquiano, producto, pues, de la imaginación del autor. De hecho, parece que la madre de éste, Vicenta, le aconsejó que cambiara el apellido del personaje para no agraviarla. Por desgracia nunca sabremos si finalmente hubiera accedido  a esta petición materna.

En  cualquier caso, no está demostrado que estas familias estuvieran al tanto de la existencia de  La Casa de Bernarda Alba.

Lo cierto es que, la  guarnición granadina se subleva el 20 de julio y tres días después la ciudad está completamente bajo el control de las fuerzas insurgentes.  En el barrio de El Albaicín se ha producido una heroica resistencia  a los fascistas.  Aplastada cruelmente a sangre y fuego, cae finalmente el 23 de julio.  El nuevo gobernador civil, es el comandante José Valdés Guzmán. Natural de Logroño, es además jefe de milicias de Falange en Granada. Ha participado en la preparación del golpe en esta ciudad  y es enemigo visceral de la República.

Este individuo habría de tener una importancia capital en el desarrollo de los acontecimientos relacionados con la suerte que correría García Lorca.

El comandante militar de Granada, general Miguel Campins y  Aura, se mostró en principio  algo dubitativo entre sublevarse o no. Estas dudas habrían de costarle la vida posteriormente aunque finalmente se uniera a los sublevados. Sus encontronazos con José Valdés, que lo denunció, le pusieron la puntilla. Fue sometido a Consejo de Guerra y fusilado el 16 de agosto pese a las peticiones de clemencia que Franco le hizo al jefe del ejército del sur, el irascible Queipo de Llano. Posteriormente, el caudillo de España por la gracia de Dio, se vengaría del llamado virrey de Andalucía desestimando las peticiones de éste para evitar el fusilamiento del general Domingo Batet ocurrido en febrero de 1937.

El día que se sublevan en la capital granadina, 20 de julio, es detenido el alcalde socialista Manuel Fernández Montesinos, marido de Concha que es hermana del poeta.  Permanece en  la cárcel hasta  que el 16 de agosto, el mismo día que detienen a Lorca, es  asesinado en compañía  de veintinueve  personas más,  junto a las tapias del cementerio  de Granada en respuesta a unos bombardeos de la aviación republicana. Esta práctica represiva fue muy habitual en aquellos días, pues hay que señalar que la ciudad se encontraba sitiada por las fuerzas gubernamentales.

En  Granada también se encuentra un individuo  que  tuvo un destacado protagonismo en los hechos que  precedieron a la muerte de García Lorca. Nos referimos a Ramón  Ruiz Alonso, padre de las actrices, Enma Penella,  Terele  Pávez y Elisa Montes ,  miembro destacado de la CEDA, y diputado por Granada en la anterior legislatura, se le considera muy bien mirado por Gil Robles que le ha ayudado en su ascenso en la formación que dirige. Ha  sido reelegido en las elecciones de febrero de 1936 pero se ve fuera del Parlamento Nacional al anular el  Gobierno del Frente Popular las elecciones  en la capital andaluza al detectarse posibles irregularidades.  Este hecho, incrementó su odio a las izquierdas, que según él,  le venían perjudicando desde tiempos  atrás.  El “obrero  amaestrado”, apodo que según parece le colocó José Antonio Primo de Rivera, guarda  asimismo un enfermizo resentimiento a Falange por la que se siente  ninguneado y despreciado.

Lorca se instala con su familia en La  Huerta de San Vicente, lugar en el  que solían pasar los veranos. Aquí, se suceden de manera continuada distintas “visitas” de los facciosos que no hacen sino incrementar el temor del poeta que se encuentra continuamente  amenazado.

El 6 de agosto, llega a  La Huerta  un escuadrón falangista para efectuar un registro dirigido por el capitán Manuel Rojas, considerado por la justicia  responsable de la matanza de Casas Viejas en enero de 1933. Fue condenado a veintiún años pero fue amnistiado por el gobierno de derechas en 1934. En estos momentos es jefe de milicias de Falange en Granada.

Al día siguiente, se produce una nueva intervención de los partidarios del golpe en la residencia veraniega de la familia de Lorca. Van en busca de Alfredo Rodríguez Orgaz, amigo de Lorca y arquitecto municipal de Granada.  Finalmente, el registro no logra felizmente sus frutos y el arquitecto es puesto a salvo por la intermediación del padre del poeta  que contacta con unos campesinos que lo ponen a salvo en zona republicana.

Es el día 9 cuando las cosas se ponen realmente serias , al irrumpir  en la finca un grupo de hombres armados que intentan localizar a  tres hermanos del casero de La Huerta de San Vicente , Gabriel Perea Ruiz, acusados de haber matado a dos personas en la población granadina  de Asquerosa el 20 de julio.  Entre otros, intervienen en la operación, los hermanos, Miguel y Horacio Roldán Quesada, terratenientes y vecinos de Asquerosa, actual  Valderrubio.  Como decía antes, estas personas tenían parentesco familiar con Federico García Rodríguez, padre de Lorca.

En esta ocasión, el grupo actúa con extremada violencia golpeando a distintas personas  que se encuentran presentes. La persona que cuida a los hijos de Concha García Lorca, Angelina, le contó al hispanista Ian Gibson en 1966, que azotaron a Gabriel, pegaron y tiraron por las escaleras a la madre de éste, Isabel, a Lorca y a ella misma. También le explicó  que amenazaron con matarlos a todos pero que ella logró huir con los hijos de Concha poniéndolos a salvo y que se refugió en una finca cercana desde donde pidieron auxilio. Otro grupo llegó con posterioridad evitando que la cosa pasara a mayores. Aclaró que al  padre de García Lorca no le hicieron nada.

Gabriel Perea, acusado de proteger a sus hermanos, fue interrogado y puesto en libertad. Según Gibson la acusación contra los hermanos era falsa. Es evidente que a partir de ese momento, García Lorca teme seriamente por su vida.

Ese mismo día, en vista del cariz que estaban tomando los acontecimientos, Lorca decide contactar con Luis Rosales, poeta también y amigo suyo, para  ponerlo al corriente de todos estos hechos  y pedirle ayuda. Los Rosales formaban  parte de una importante  familia de Granada,  además, algunos de sus miembros fueron  destacados falangistas. El propio Luís, jefe del sector de Motril, sus hermanos, Miguel, jefe de una escuadra de Falange,  José, “Pepiniqui”, el más influyente de todos, llega a ser jefe de Falange en Granada y tiene un papel destacado en los preparativos del levantamiento del 20 de julio, y por último, Antonio,  que también pertenece a Falange.  El padre, Miguel Rosales Vallecillos, es en esos momentos dueño de los  almacenes La Esperanza y según le confesó Luis Rosales a Ian Gibson, era de tendencia conservadora liberal y antifalangista.

Rosales se persona tan pronto como puede en La Huerta de San Vicente y allí se reúnen todos para tratar de encontrar una solución. Les propone sacar a Federico a zona republicana para lo cual no debe encontrar mucha dificultad, pero a  Lorca no le gusta la idea. Posiblemente, siente el temor de que puedan tomar acciones de represalia contra su padre en el caso de que él huya. En cualquier caso, se baraja la opción de alojarlo en casa de los Rosales, en lo que todos están de acuerdo. Antes de irse, Luis les pide que bajo ningún concepto revelen el paradero de Federico.

Esa misma noche, 9 de agosto, un coche hace parada en la calle Angulo, 1,  domicilio de la familia Rosales Camacho,  a sólo  unos trescientos metros del Gobierno Civil, en la que iba a ser la última morada en libertad del poeta de Fuente Vaqueros.

OBRA CONSULTADA
Vida, pasión y muerte de Federico García  Lorca. Ian Gibson.


Antonio Alfonso Hernández, 19 de marzo de 2015