La intelectualidad y el franquismo


A menudo en la esfera neofranquista se suelen citar a ciertos intelectuales que en principio se adhirieron a la fascistada nacionalista del 18 de julio de 1936. Caso de Unamuno o Ramón Pérez de Ayala. 

En la revista La Razón Española, un franquista como Gonzalo Fernández de la Mora y Mon  escribió:
Claudio Sánchez Albornoz estaba en Lisboa como Embajador de España, cuando Portugal reconoció al Gobierno de Franco. Don Claudio no regresó a Madrid, sino que se refugió en París. Su primera preocupación fue lograr que sus padres salieran de la España marxista, lo que consiguió que hicieran, vía Marsella. En una entrevista ocasional, le confiesa al entonces presidente de la República, Azaña: «La guerra está perdida; pero si la ganamos, por milagro, en el primer barco que saliera de España tendríamos que salir los republicanos, si nos dejaban». En 1938 el Gobierno de Madrid destituye a Sánchez-Albornoz de su Cátedra universitaria. Cuando el gobierno republicano se traslada a la capital catalana, Sánchez-Albornoz escribe a Marañón: «Como católico y liberal me siento solidario de Barcelona». Y en una importante carta fechada el 30 de septiembre de 1938, declara: «No se trata de salvar a los rojos. Si yo creyera que con esas palabras o gestiones podría ayudar al establecimiento del comunismo en España, callaría para siempre». En el exilio bonaerense, Sánchez Albornoz se convirtió en el más españolista de los historiadores españoles contemporáneos, después de su maestro Menéndez Pelayo. España un enigma histórico es un monumento imperecedero. (Los Intelectuales y el 18 de Julio, Razón Española, nº 138, Julio-Agosto 2006.)
Sánchez-Albornoz, ni regresó a Madrid, ni a Burgos, Si quiso sacar a sus padres de la "España marxista", no era porque los marxistas los fueran a fusilar -lo que hubiese pasado jamás se podrá saber-, que no los fusilaron y que logró llevarlos a su cobijo. Nos preguntamos el caso al revés, ¿Franco hubiese dejado partir a los padres de Sánchez-Albornoz? A su hijo Nicolás, lo mandó a la cárcel (Cuelgamros) por motivos políticos.

Miguel de Unamuno que apoyó alegremente a los franquistas no tardó en arrepentirse:
"¡Qué cándido y qué ligero anduve al adherirme al movimiento de Franco!"
"La detención de un amigo suyo, el ministro Filiberto Villalobos, y fusilamientos como los de Salvador Vila –su alumno predilecto, asesinado en el mismo pueblo granadino donde mataron a Lorca– y Atilano Coco –amigo, pastor protestante y acusado de masón– fueron decantando a Unamuno hacia el rechazo total a los sublevados, patente en los días postreros de su vida. "¡Qué cándido y qué ligero anduve al adherirme al movimiento de Franco!", escribió el 13 de diciembre de 1936. El último día de ese año, a las cuatro de la tarde, moría, víctima de una hemorragia, en plena discusión con el falangista Bartolomé Aragón" (Faro de Vigo).

Esta cita de Salvador de Madariaga es una de las preferidas de los neofranquistas:
«Con la rebelión de 1934, la izquierda española perdió hasta la sombra de autoridad moral para condenar la rebelión de 1936».
Sin embago esta otra prefieren obviarla:
«Esperanza de los desterrados. La frase es buena, mejor de lo que se imaginaban los que la inventaron. Porque hoy en día todos los españoles son desterrados. Antes de 1936, todos los españoles vivían en España y en libertad. Hoy, unos cientos de miles viven en libertad desterrados de España; y el resto vive en España desterrado de la libertad».
Reducir la Historia a varias citas de ciertos intelectuales es un ejercicio, mas bien manipulador. Muchos de estos intelectuales eran liberales y tenían una opinión muy negativa de la izquierda. por eso preferían apoyar a los nacionalistas pensando en que iban a salvar a españa de un Estado bolchevique. Tal era la propaganda que por muy intelectual que se fuera era muy fácil dejarse llevar.

Intelectuales, los había fascistas; de extremaderecha; de derechas; liberales; de centro izquierda, de izquierdas y de extrema izquierda. Por eso querer contar la historia a base de citas de intelectuales es un juego engañoso del que el neofranquismo, por no tener otros recursos más efectivos abusa en demasía.

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