Dedicado a todas las personas asesinadas en Badajoz en la guerra civil de 1936 y a las que sufrieron otro tipo de represalias o sus consecuencias.
Badajoz, 12 de agosto de 1936
El ruido ensordecedor, que producían aquellos pájaros de acero, indicaba que algo gordo iba a ocurrir. Aquellos aparatos sobrevolaron la parte antigua de la ciudad, en las primeras horas de aquella calurosa mañana de agosto. Se movían sobre un radiante cielo azulado que después se tiñó de rojo e iban de aquí para allá. De vez en cuando, escupían balas de fuego que caían en las calles y viviendas, ante los aterrados e indefensos vecinos de Badajoz.
Una de aquellas bombas, cayó sobre un viejo y agrietado edificio de viviendas, que habitaban familias de clase trabajadora. El proyectil se cebó principalmente en la planta baja, que se llevó la peor parte.
María, una niña de unos doce años, la mayor de los ocho hijos que tenían Manuel y Carmen, que vivían en esa planta, entró en pánico, y presa de un repentino ataque de nervios, sin parar de gritar y llorar, comenzó a golpear fuertemente los cristales de un amplio ventanal, que daba directamente a la calle, con los huesudos puños de sus manos.
Después, cubierta por una espesa polvareda que envolvía toda la casa, empezó a moverse compulsivamente, gritando los nombres de sus hermanos y llamando desesperadamente a su madre. La maldita guerra.
El ataque lo protagonizó la aviación de los militares que se habían sublevado el 17 de julio de 1936, sin duda, preámbulo de los sangrientos hechos que sobrecogieron a los vecinos de Badajoz en fechas posteriores.
Al cabo de un buen rato en el que lanzaron unos cincuenta proyectiles, aquellos siniestros pajarracos metálicos dieron la vuelta y se marcharon con la misma rapidez con que habían venido. El panorama era desolador. Casas derruidas, agujeros gigantescos en los tejados de las casas, boquetes en algunas paredes, aceras destrozadas y lo peor, algunos muertos y heridos, que se sumaban a las víctimas de los bombardeos de días anteriores.
El jinete llevaba ya largo rato galopando apresuradamente en un bello caballo blanco como la nieve y la tusa de color negro azabache. Aunque de alzada intermedia, la esbelta figura del equino destacaba en los interminables prados secos del largo recorrido. Manuel, tenía en su atormentada mente un único pensamiento, su familia. ¿Qué habría sido de ellos? ¿Seguirían vivos? No paraba de darle vueltas al asunto y tenía que llegar lo antes posible a su destino, pues de lo contrario, se volvería loco. De cuando en cuando, se le escapaba algún lagrimón que se confundía con el sudor que empapaba todo su cuerpo. De estatura mediana y ancho de espalda, tenía la piel ennegrecida y castigada de tantos años de fatiga y, aunque parecía mayor, aún no había cumplido los treinta. Trabajaba de mayoral en un cortijo, que se encontraba en las afueras de la ciudad, y allí le había llegado la noticia del bombardeo, que se había producido en la zona donde él vivía.
Conocía bastante bien las calles de Badajoz y siempre encontraba el trayecto más corto y conveniente para llegar lo antes posible a su casa. Ya se hallaba en lo que hoy conocemos por Ronda del Pilar, cuando se llevó las manos a la cabeza observando los efectos de lo ocurrido. Conforme se acercaba a su calle, se fue acrecentando su temor y preocupación, y aquellas preguntas que se hacía le seguían martilleando en la cabeza. ¿Qué habrá sido de ellos? ¿Seguirán vivos? Un detalle le conmovió y le agitó aún más los nervios. Vio a un montón de personas que caminaban como autómatas entre los escombros y buscaban allí o acá, probablemente, interesándose por algunos vecinos o familiares que no daban señales de vida. Algunos lloraban, otros gritaban, aunque probablemente todos acabaron llorando y gritando al mismo tiempo. Devastador.
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| Aspecto de las casas bombardeadas en Badajoz |
Se apeó tan rápidamente del caballo que, por poco, no se da de bruces con el suelo. Comenzó a gritar con desesperación los primeros nombres de los miembros de su familia que se le vinieron a la cabeza.
-¡Carmen, María, Manola…! - gritaba y gritaba.
Mientras. su preocupación y nerviosismo se acrecentaba viendo el estado en que se encontraba el edificio, que, por otra parte, estaba vallado y se hacía muy difícil el acceso al interior.
No obstante, no se lo pensó dos veces y se dispuso a apartar la barrera, que le impedía entrar en su vivienda, cuando un fuerte grito a su espalda le llamó la atención. Al girarse, vio que, Ramona, la vecina de enfrente, movía los brazos repetidamente y le gritaba.
-¡Manuel, Manuel, Manuel!
Manuel miró a lo lejos a la mujer que no paraba de llamar su atención. Él, corrió todo lo que pudo con las pocas fuerzas que aún le quedaban, hasta llegar al punto en el que ella se encontraba.
Apenas le salía el aire de la boca y atropelladamente, le preguntó con insistencia.
-Por Dios, Ramona, ¿Dónde están mi mujer y mis hijos? Por Dios, Ramona, dímelo. ¿Qué ha sido de ellos?
-Tranquilo, Manuel. Están todos bien, gracias a Dios.
-¿Y dónde están? - le volvió a preguntar el buen hombre, que ahora sí, esbozó un interminable suspiro de alivio.
Ella le explicó que el hermano mayor de Manuel, Pepe, había pasado a recogerlos en la camioneta con la que trabajaba en el Ayuntamiento y se los había llevado a su casa, en la barriada de San Roque. Habían ido a avisarlo cuando sucedió todo, mientras tanto su familia había quedado en su vivienda.
Manuel se acercó a Ramona y ambos se fundieron en un caluroso abrazo, en tanto se confundían las lágrimas con la risa nerviosa del hombre, que había vuelto a nacer cuando supo que su familia había vuelvo a nacer. Le contó que, afortunadamente, la bomba había caído en uno de los laterales del bajo, el que daba a la casa de una vecina, una señora algo mayor que vivía con dos hijos.
-¿Y a ellos? ¿Qué les ha pasado? - inquirió nuevamente, Manuel.
-Nada. Están sanos y salvos también. Han tenido la suerte de que ellos se encontraban en la parte de atrás de la vivienda y no les ha pasado nada. Eso sí, la casa ha quedado muy afectada.
Aquella mujer, algo flacucha , de nariz chata, muy servicial y que tenía un corazón tan grande como el campo, le había dado la mejor noticia de su vida. Eso sí, también le dijo que no se podía acceder al edificio, pues habían estado en el lugar operarios del Ayuntamiento y les habían advertido de los enormes riesgos de derrumbe que existían, y que bajo ningún concepto se podía acceder, de momento, a las viviendas. Los enseres, objetos personales, muebles… todo aquello que habían logrado reunir con mucho esfuerzo y fatigas durante años quedaba allí, hasta sabe Dios cuándo.
La familia se había quedado sin casa, al menos por ahora. No obstante, Manuel, con esa innata capacidad de convicción con la que se nace, logró que uno de los terratenientes para los que trabajaba, les permitiera vivir un tiempo en uno de los cortijos de los que eran dueños. En este caso y de manera provisional, fueron alojados en uno que se encontraba a pocos kilómetros de la ciudad.
Inmediaciones de Cerro Gordo, Badajoz, 13 de agosto de 1936
Los niños jugaban alegres y despreocupados de todo lo que sucedía a su alrededor. Unos, daban patadas a un balón de cuero amarronado, demasiado gastado por el uso; otros, jugaban a la picota y se afanaban con pericia en apartar, lo máximo posible, el palito del redondel; algunas niñas jugaban a la role mientras charlaban animosamente; María, a la que ya se le había pasado algo el susto del día anterior, estaba acompañada de Carmen, su hermana, que era un par de años más pequeña que ella.
La zona estaba repleta de pequeños montículos en torno a una tierra más bien árida. Al fondo, se veían algunos jornaleros que faenaban en las labores que se producían en la parte más cercana a los cortijos. Estos, eran, más o menos, media docena y estaban ligeramente separados, en no más de quinientos metros, que se habían construido aprovechando una zona desprovista de desniveles. Los umbrales de aquellas casas blancas estaban adornados por un montón de macetas que descansaban en curiosos poyetes y jardineras de distintos colores. No lejos de allí se podía apreciar un pozo enorme pintado de verde y blanco.
Abajo, en lo que era la carretera de Madrid, los chavales advirtieron la presencia de un montón de soldados que se disponían a subir la pronunciada cuesta que daba acceso al lugar en que se encontraban ellos. Eran los integrantes de la Columna Madrid del ejército sublevado que, dirigida por el teniente coronel Yagüe, habían partido desde África con la intención de alcanzar la capital de España. La formaban unas tres mil personas, entre legionarios y regulares marroquíes.
Los niños corrieron espantados hacia los cortijos y no era para menos. Habían oído con profusión de detalles las barbaridades que, se decía, estaban cometiendo en aquellos lugares por los que pasaban. Qué duda cabe que algunas cosas eran ciertas y, otras, no pasaban de ser rumores infundados, pero, ciertamente, es fácil comprender que los propagandistas, que abundaron en ambos bandos, intentaron que la gente se creyera, si no todo, al menos la mayor parte de las historias que difundían. Como bien se sabe, la propaganda es un arma demasiado eficaz en tiempos de guerra.
Unas cuantas mujeres y hombres salieron de los cortijos con pañuelos blancos que movían con insistencia sin alejarse mucho de donde estaban. Era la manera en que se interpretaba que aquellas personas daban la “bienvenida” a los visitantes y que no representaban ningún problema. Los soldados se dividieron y se encaminaron a los cortijos con la intención de proveerse de alimentos. Uno de aquellos grupos, no serían más de media docena de hombres, entraron en la casa de Manuel y Carmen, que habían llegado la noche anterior. Manuel había salido con la fresca a lomos del caballo a la finca donde trabajaba de mayoral y en la vivienda se encontraba Carmen, acompañada de todos sus hijos. Todos ellos estaban atemorizados y apenas articulaban palabra. Después, se fueron tranquilizando algo, una vez supieron que los visitantes sólo buscaban un poco de comida y agua fresca pues, lo que se avecinaba, decían, sería duro y necesitaban reponer fuerzas.
Al frente del grupo estaba un teniente de la legión de veintipocos años. Era bajito de estatura, ancho cuello, rubio de pelo ondulado y complexión fuerte y parecía simpático. Era un tipo de trato fácil que se sentó a hablar con la familia mientras saboreaba un vaso grande de vino tinto, en tanto, los demás miembros de aquella inesperada comitiva rebuscaban en la vivienda esperando encontrar lo que buscaban.
Carmen estaba ciertamente nerviosa pues inevitablemente la situación le producía bastante intranquilidad y desasosiego. Alta para la época, delgada y blanca de piel, no era, ni mucho menos, muy habladora. Aquella timidez insuperable le impedía mostrarse como le gustaría a ella, especialmente en la primera toma de contacto con las personas. No obstante, aquel hombre le inspiró la suficiente confianza como para romper el hielo y contarle lo que les había sucedido, conforme él le iba preguntando. Es bastante probable que las ganas de desahogarse con alguien, contándole sus penurias, hicieran el resto.
Ella le transmitió que se habían ido con lo puesto y que de momento se habían quedado sin nada.
-Fíjese usted. Los muebles, los enseres del hogar, ropa, los recuerdos y, además, la máquina de coser. Con todos los que somos, sin ella no sé qué voy a hacer. Aparte de que me viene muy bien para arreglar la ropa de los niños, que voy pasando de unos a otros. Y bueno, … en fin., también me gano con ella unas pesetas de los trabajos que hago para las vecinas, que la verdad, nos viene muy bien. En fin, ya le digo , terminó la frase mientras se llevaba la mano derecha a la barbilla en tanto. agachaba un poco la cabeza.
-Señora, no se preocupe. Si entramos en Badajoz, yo le aseguro que pondremos un cartel en la puerta para que nadie entre en su casa y, puedan así, recuperar sus cosas. Se lo prometo, buena mujer.
Salieron todos de la casa, eso sí, bien provistos de algunas cuerdas de chorizo, quesos, tocino, pan y un par de garrafas de agua. Después se unieron a los demás miembros de la columna, que actuaban de avanzadilla del resto de la misma y llevaron a cabo lo que fue el motivo principal por el que se habían encaminado a aquel lugar de cerros. Esto es, la instalación de piezas de artillería con las que fustigar a los defensores de Badajoz, que se concentraban principalmente, en torno a Puerta de Trinidad.
Badajoz, 14 de agosto de 1936
Era viernes, un viernes que los vecinos de Badajoz nunca olvidarían. La noche, como de costumbre, fue extremadamente calurosa. Vamos, la típica noche de botijos y de cuerpos pegajosos, casi adheridos a las sábanas. Ya, por fin, la noche había decaído definitivamente y había dado paso a una ligerísima brizna de aire que algo, aunque poco, aliviaba. El calor fue tan asfixiante que los grillos no salieron a cantar sus inconfundibles serenatas nocturnas. Tampoco los gallos se animaron a cacarear cuando asomaron los primeros claros del día. Probablemente, barruntaron que el ambiente no estaba, ni mucho menos, para kikirikís.
No obstante, los disparos aislados que, se produjeron durante la noche, desvelaron irremediablemente a muchos vecinos de Badajoz. La tarde anterior, los rebeldes habían ocupado la barriada de San Roque y habían hecho prisioneros a unas decenas de personas que fueron fusiladas sin miramiento alguno, en una de las orillas del río Rivillas. Allí quedaron tendidos los cuerpos en zona bien visible. Con ello, sin duda, los sublevados pretendían aterrorizar a los defensores y provocar deserciones entre ellos.
Lo que vino después ya lo sabemos todos. Se produjo una lucha encarnizada, fundamentalmente, en los accesos a Badajoz por Puerta de Trinidad, donde, como decía, se había concentrado la mayoría de los defensores. Hubo numerosas bajas y a continuación, dio comienzo una interminable represión que, durante varios días acabó con la vida de centenares de personas. La mayoría, todo hay que decirlo, víctimas inocentes. Igual de inocentes que las once personas asesinadas por milicianos republicanos en los primeros días de agosto. La terrible guerra incivil.
Manuel y Carmen y su enorme prole, ocho días después, decidieron acercarse a Badajoz para ver en qué estado se encontraba la casa, aprovechando que parecía, sólo parecía, que las cosas se habían calmado un poco. Es cierto que fueron con la misma fe que aquellos que de antemano dan todo por perdido, conocedores de los innumerables saqueos que se habían producido en Badajoz tras la llegada de los rebeldes, pero en todo caso, pensaron, ¿Qué podían perder si ya lo habían perdido todo?
Manuel se acercó al Ayuntamiento y logró que le autorizaran a entrar en el edificio. Eso sí, irían acompañados de un empleado municipal y sólo permanecerían dentro unos minutos. Después evaluarían cómo y cuándo sacarían las cosas, si fuera el caso.
Al llegar, todos se quedaron sorprendidos cuando vieron un enorme cartelón de madera pegado a la valla de protección donde se leía: ESTÁ TERMINANTEMENTE PROHIBIDO EL ACCESO A ESTE EDIFICIO.
Cuando subieron pudieron comprobar que la vivienda seguía tal y como la dejaron días atrás. No faltaba nada y todo seguía en su sitio.
Aquel teniente de la legión había cumplido su palabra, pues les resultó curioso y revelador que el único edificio de la zona en el que habían colocado algún tipo de advertencia era aquel. Por tanto, era indudable la intervención de aquel hombre.
A María le brillaron los ojos cuando acabó de relatarme, de esta manera, los hechos que vivieron ella y su familia tantos años atrás. Tenía noventa y dos años y me lo contó apenas un año antes de morir. Tenía una memoria prodigiosa y la cabeza perfectamente amueblada. Me dirigió una ligera sonrisa y mirándome fijamente a los ojos, pronunció con voz entrecortada.
- Ay, la de veces que mi madre repitió una y otra vez: ¿Y el teniente? ¿Qué sería de él? ¿Sobreviviría a la guerra?
Pregunta sin respuesta, como otras muchas que aún hoy muchos nos hacemos, sin respuestas posibles, de aquella guerra fratricida que tanto daño causó.


Tony, de nuevo, muchas gracias por publicar mis entradas.
ResponderEliminarSirva este modesto texto que he escrito, como recordatorio y homenaje a todas aquellas personas que perdieron la vida en nuestra ciudad, a partir del momento en el que unos cuantos generales decidieron que había que pasar de las palabras a los hechos y a consecuencia de ello taparon la boca de millones de personas durante cuarenta años. Las víctimas y familiares de aquella bestialidad siempre estarán en nuestro recuerdo..
DE FRENTE ( ANTONIO ALFONSO HERNÁNDEZ.